Por Juan Jordano.

Colaboración en el panel de entrevistados sobre la reforma de la Constitución, Revista El Siglo nº1037.

A lo largo de la historia, la humanidad se ha organizado en sociedad y lo ha hecho bajo estructuras y reglas de lo más variopintas y curiosas. Lo último que podemos decir es que esas estructuras y reglas han sido estáticas. Por el contrario han mudado y cambiado, a veces de forma gradual, a veces de forma abrupta. Pero aquí estamos y, por lo tanto, no hay que tenerle miedo a que muden las estructuras socio-políticas, cuando el razonamiento lógico lo aconseja o la presión de los hechos fuerza a ello.

La Constitución Española ha cumplido ya 35 años y puede que éste sea el periodo en que más ha cambiado nuestra sociedad y el mundo circundante. Pero en todo este tiempo, nuestra Carta Magna ha permanecido casi inmóvil, con sólo dos modificaciones menores de las que son posibles por el procedimiento ordinario del artículo 167: la reforma de 1992 sobre voto de residentes en comicios municipales como consecuencia del tratado de Maastricht y la de 2011 sobre estabilidad pre-supuestaria acuciados por un camino desbocado hacia la bancarrota.

Con este historial podría pensarse que nuestra Constitución es una norma firme, resistente y fuerte. Pero más bien creo que sucede lo contrario. Nuestro país está inmerso en unos problemas y tensiones reales, más que evidentes, que sería una gran insensatez negarlos. Una estructura de Estado pesada y artificiosa, que desborda la finalidad para la que se creó inicialmente. Un barullo respecto a valores culturales y los principios educativos que los sustentan, que nos tienen más que confundidos. Una clase política desajustada con la sociedad a la que representa. Un mundo abierto en todos los sentidos, que nos desborda sin una orientación clara sobre cómo encauzarlo. Una crisis económica que nos pone en peligro y hace que los objetivos de deuda salten a primera fila. Pero a pesar de estas contradicciones, aquí está nuestra norma sin moverse, como Don Tancredo, porque para mover reformas de calado topamos con el casi imposible procedimiento agravado del artículo 168 y con una Ley Electoral que, para colmo, lo refuerza. Los padres de la patria nos dejaron en 1978 la norma tan atada y bien atada, que precisamente le inocularon con ello, seguro que inconscientemente, el germen de su más absoluta debilidad.

Creo que esto es lo ve todo ciudadano con razonamiento medianamente lógico. Y aparentemente no podemos hacer nada. Pero las contradicciones siguen y crecen. Y si no logramos corregir y adaptar nuestra Constitución, será desbordada dolorosamente por la fuerza de los hechos