Publicado en Diario Sur, 29/07/2012

Decía Ortega en “España Invertebrada” (1921): “me opongo a la división en dos Españas diferentes, una compuesta por dos o tres regiones ariscas; otra integrada por el resto, más dócil al poder central (…) Pues tan pronto como existan un par de regiones estatutarias, asistiremos en toda España a una pululación de demandas parejas, las cuales seguirán el tono de las ya concedidas” . ¿Les suena esta lejana reflexión? 90 años después, el estado de las autonomías que sufrimos, es como “el río que abre un cauce, cauce que está esclavizando al río”.

Vivimos bajo un modelo insostenible que ha divido España en 17 autonomías, vehículo en el que colocar a los amigos; 17 miniestados con todos los órganos propios de una nación, 17 Parlamentos, 19 televisiones públicas en pérdidas, 23 Universidades sin alumnos que las justifiquen, 22 aeropuertos, infraestructuras absolutamente ruinosas, 8.200 Ayuntamientos, 2.000.000 de empleados públicos nombrados a dedo, 3.000 empresas públicas, niveles de despilfarro inauditos y una telaraña de ocultación de deuda y corrupción.

En conjunto, esta situación ha llevado a España a un nivel de endeudamiento público y privado del orden del 400% del PIB, una cantidad que jamás podrá ser devuelta. La deuda pública no cesa de crecer. El BCE, cuyos préstamos se entregan sin control, financian gasto corriente y agujeros bancarios sin fondo. El problema es que ni un euro va a la economía productiva. Esta sinrazón ha arruinado España y genera deflación interna con consecuencias económicas y sociales que ya vivimos.

Ante el peso de los hechos, la intervención es inevitable. El problema es que se han reducido salarios y prestaciones y subido impuestos, sin cortar de raíz los focos de despilfarro y manteniendo intacta la maraña política que padecemos. Suprimamos la actual administración autonómica y local, gasto inútil que permitiría reducir el endeudamiento y crear empleo.

Nuestros políticos han enfocado su pobre desempeño sobreviviendo con entremeses y guarniciones. El plato principal de su teórica comanda, misión a la que deberían haberse dedicado con vocación de servicio, no lo conocen. Y no lo conocen por pertenecer a la casta de la mediocridad. Pertenecen a esa categoría de hombres-masa que exponía Ortega. Son esos necios que nunca descansan.

El crecimiento es resultado de un esfuerzo. Sólo se aguanta un Estado si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, el País se hunde, tal y como está ocurriendo. Necesitamos, hoy más que nunca, hombres-minoría. Excelencia.